El aire se llena de aquellos globos que alguien construye y la opinión pública magnifica. Se llenan de aire, se grandan, vuelan y, cuando se deshacen, se olvidan o alguien los destruye, desaparecen de la vista. Pero no del todo. En cualquier momento baja la presión atmosférica, hay un cambio de viento o cualquier circunstancia no identificada y, de nuevo, aquí están.
Por el aire y por las redes circulan sin parar flujos que alguien engancha en un palo y se los da a cada persona para que ese incipiente globo lo sople, lo agrande y, todos juntos, hagan una gran masa de aire capturado.
No hace tanto tiempo la guerra de Irak fue un referente universal que aún colea. Le siguieron muchas noticias relacionadas con el estado del planeta y con el cambio climático (por mucho que le pese a un conspicuo expesidente del gobierno español). El hundimiento del Prestige desencadenó oleadas de análisis, informes y más informes confirmaron el desastre del clima y auguraron un pésimo futuro. En medio, de vez en cuando surge el Sida o África o incluso hoy una conmemoración relacionada con la ocupación del Sahara. Pero los globos siguen hinchándose.
Cuando tocó hablar de la boyante economía, hasta el menos útil negociaba al alza con cualquier trozo de terrero o ruinas deshabitadas para hacerse de oro. Y lo contaba como si de un héroe se tratara, mientras el banquero sin escrúpulos le ofrecía lo que quisiera a plazos. Coches con aros o con estrellas, cayennes y demás ostentaciones aparecieron por doquier. A menudo eran un símbolo del ladrón que iba dentro, adornado con mucha gomina, gafas negras, traje oscuro y patillas en forma de tiras ,mientras el móvil de última generación vomitaba incautos interesados en pisos que le regalarían más dinero fácil. APIs más que bares, carteles de se vende, se construye, se promociona, se roba de forma legal. Este globo era tan grande que explotó y, como muy bien explica Leopoldo Abadía, demostró la desfachatez de la supuesta ingeniería financiera global.
Ahora se hincha el globo Barack Obama, el futuro presidente de EEUU. Se llena del aire de las promesas y de las esperanzas de un cambio general. Se duda si es un producto de la nueva comunicación digital global, si está hecho a medida de las demandas de un mercado que quiere más justicia, más igualdad y más solidaridad en el país que más contamina, más derrocha y más guerras paga. Sus pobres, chicanos, razas de todos los solores, gentes sin seguridad social ni trabajo ni papeles ni derecho a nada también se han unido a tantas personas que sus sueños los proyectan en Obama. El globo está muy hinchado, aunque dentro de él hay muchas más aspiraciones de las que este rey mago podrá tocar con una varita mágica llena de dificultades: con su tendencia al centro y a la derecha en casi todas sus aspiraciones. La izquierda, no obstante, ya se conforma con esto después del legado del anterior mandatario. De todas formas, no deshinchemos el globo.
Hay que estar atentos. En el cielo aún hay mucho espacio libre.
Mientras todos los sectores económicos se quejan y piden ayudas, no recuerdan la época de las vacas tan gordas que sus ganancias eran vergonzosas. Acostumbrados a la buena vida, a la cuenta de resultados abultada, olvidan que los negocios no son garantía de que siempre hay que ganar tanto. Y que la reducción de beneficios debería ser incompatible con la reducción de quienes tanto dinero les dieron: los trabajadores.
Atentos al próximo globo que inflaremos entre todos.

Cuenta un sociólogo, escritor, periodista y ensayista, una persona de gran influencia (en la opinión pública de las personas que le leen y lo veneran) que tuvo la ocasión de participar en un acto con gente muy culta. Allí se hablaba de Ernest Shackleton pero él dejó escrito que ignoraba quién era este explorador. O sea, participaba pero no sabía. Aprendió las ideas básicas sobre este insigne irlandés, famoso por sus expediciones y por el anuncio que puso en un diario local para buscar atrevidas personas que le acompañaran en su intento de cruzar la Antártida.
Pocos se apuntarían hoy a un viaje peligroso, con sueldos bajos, frío intenso, largos meses de oscuridad total, peligro constante, dudosa vuelta a casa y honor y reconocimiento en caso de éxito. Tal era el texto del anuncio que impactó al sociólogo que acudió a participar en un acto del que no sabía nada del personaje objeto de la charla. Pero muchos se apuntan hoy a hablar de cualquier cosa en público, cobrando buenos emolumentos o promocionándose para futuras intervenciones pagadas.
Otro insigne filósofo, participante en varias tertulias, autor prolífico con interesantes reflexiones, contaba que una vez acudió a dar una charla y no sabía ni el tema de que hablar. Pero llevaba ya uno añejo que se adaptaba a cualquier cosa. Anécdotas contadas por él mismo que le aumentan su sincero prestigio a costa de destapar otras realidades, muy abundantes, por cierto.
A aquel sociólogo se le quedó la copla del barco del explorador, el Endurance, y del espíritu de su capitán. Todo para extrapolarlo a los luchadores por las libertades de trozos de terreno que buscan supuestas identidades, independencias varias y diferencias no del todo unánimes. Otros de su especie también aparecen en cualquier lado hablando de economía o de lo que toque. Alarmando sin saber, pronosticando sin conocer, siendo ubicuos para estar en cualquier tarima aunque sea para descubrir que no sabían quién era hasta ese momento el personaje objeto de su intervención, Ernest Shakelton.
Quizá todos estos nuevos exploradores y constructores del pensamiento ajeno necesitarían participar en empresas más laboriosas, sin supuestos escritores en la sombra a sueldo, con más sentido común como para decir que de ese tema tampoco sé nada. Un buen lugar para el descubrimiento de los límites podría ser un nuevo Endurance. O cualquier vuelo barato hacia el lugar donde la ignorancia es la máxima expresión de la sabiduría.
Hay gente que tiene un grave problema en las cervicales. Las vértebras superiores se desgastan a mdida que el ombligo es objeto de culto. Un 11 de septiembre o cualquier otro día de culto a las patrias es ese momento de éxtasis y catarsis a la búsqueda de añejas esencias. Existir siendo diferente, desplegar trapos pintados de colores llamados banderas, incluso analizarse la sangre por si hubiera un gen diferente por nacer en un territorio, he ahí el deorte que unos cultivanmientras la gran mayoría "pasa olímicamente" de tales actos y se entregan a disfrutar del puente en el campo, playa, montaña o sofá.
A estos no se le deforman las cervicales por motivos patrios. Quizá ya las tienen en cuarentena por otras causas. No obstante, tanta reivindicación de más financiación podría servir también para pensar en cuánto de este dinero no será para engrasar una maquinaria burocrática bien pertrecahada de asesores, gabinetes, secretarios, subsecretarios y coches oficiales, comidas de trabajo, visitas turísticas con el apelativo de "oficiales", prebendas por defender los colores oficiales, o no cambiar de lengua aunque no te entiendan, o a ver quien tiene el mástil más largo.
Un 11 de septiembre es un buen día para pensar si vale tanto una frontera en un mundo global, si proclamar ese gen de la diferencia representa un escalón más alto en la desigualdad humana. Tanta gente inteligente como hay en todas partes seguro que miran más alto que su ombligo. Aunque sigan teniendo desgstadas las cervicales.
¿Hay que imaginarse a quien está fuera de su domicilio habitual, desorientado, con ganas de conocerlo todo y sin saber dónde está? La expresión de su cara, las discusiones del grupo sobre el consenso en el sentido de la orientación, los ocasionales enfados, los intentos de preguntar sin conocer la lengua del país, el cansancio, el buen humor ante las circunstancias imprevistas. Son señales de que ellos son turistas y tú eres un nativo. Pero en muchas otras ocasiones también tú eres ellos.
Un día en pleno mes de agosto, en la zona más publicitada de Barcelona por las guías. Mucha gente de no se sabe dónde, aunque el juego podría consistir en adivinar de dónde supuestamente son. El tono muscular de la mañana es enérgico, más si la noche se ha pasado en un buen hotel y la mañana te recibe con un opíparo buffet libre a modo de desayuno. Ropa informal o casual bien planchada, fragancias frescas, la ciudad es tuya. Pero también es de quien ha ocupado la casa de alguien para pasar la noche, de quien ha socializado una vivienda, o ha dormido en un parque o en un cámping a algunos kilómetros. Esa bicicleta llena de bultos o la mochila bien cargada de quien su aventura es el interraíl o el vuelo muy barato, ellos también salen a conocer. Y, junto al monumento de turno, mientras uno se embelesa con sus formas, al lado hay alguien deformado que pide para comer, para beber o para fumar. O intenta coger prestado del bolso del turista aquello que le da permiso para drisfutar. Los autocares dejan a otras columnas humanas en sitios estratégicos, mientras otros descubiertos muestran rutas urbanas con guía automático multilingüe.
Unos sólo ven lo que aparece en el papel satinado, el recuerdo es la digitalización con su grupo delante por testigo de que estuvo allí. Otros fotografían los signos más insospechados de un edificio, quizá por el efecto sorpresa o porque saben más y descifran mejor. La música callejera ameniza el paseo o traslado de un lugar a otro. Artistas del sonido que se vonforman con vender algún CD y demostrar que suenan mejor que muchas melodías de famosos producidas en renombrados estudios. En el recorrido para demostrar que el mapa tiene razón, el marketing sensorial de algunos establecimientos convence. Bocanadas de aire acondicionado en medio del calor, el olor de ambientadores de tiendas de ropa, la sorpresa y el reclamo del aroma recargado de la pastelería industrial, el efecto visual de las copas de helado en las terrazas, o el hielo que enfría las bebidas. Signos que entran por los sentidos y que su satisfacción tabién forma parte de la personal guía del viaje.
El día transcurre en medio del bochorno mediterráneo. El cansancio se hace sentir. Pero aún hay tiempo para visitar barrios emergentes de la Barcelona famosa. Es esa gran zona de la ciudad que parece que se va fabricando para consumo turístico. Los viejos colmados se reciclan en pequeñas tiendas de objetos inverosímiles. A los ancianos a veces se les engaña para que dejen un alquiler tan barato. Ese edificio modernista se transforma en un estrellado hotel. La cotización del barrio ahuyenta a los vecinos pero atrae a los extraños. Y después se vende como más imagen de marca de una ciudad cara pero hermosa. No obstante, siempre queda el consuelo de saber qué piensan de Barcelona personajes que la han vivido a su manera, gentes que ahora mientras preparan el pregón de las fiestas de la Mercè 2008, adelantan que aportarán "una visión galáctica, autobiográfica, soñada, espectacular, sufrida, histórica, emotiva, alegre, anarquista, culta, comercial..." Palabras del compositor y cantante Jaume Sisa /Ricardo Solfa.
¿Verán los turistas estas facetas de la ciudad? ¿Seremos capaces nosotros de hacer lo mismo de los sitios que visitamos?
Mañana ellos seremos nosotros.
Todos los aviones ya los han trasladado a sus casas. Aunque no a todos. Los hay que han emprendido más rumbos deportivos aún. Sus vacaciones son seguir dentro de una maquinaria muy bien engrasada. ¿Qué deportista actual, con medalla de oro, gana 421 euros al minuto?
Hoy las alegrías también se compartían en los aeropuertos de destino. Atrás quedó el amor al deporte; los resultados del esfuerzo, de la preparación más exigente, de la mala suerte o de ciertos "empujones" externos. Parece que aquellas críticas sobre los derechos humanos, sobre el Tíbet, sobre la censura en Internet o sobre la emisión de las imágenes con 20 segundos de retraso, se han ocultado bajo las brillantes ceremonias de apertura y cierre del telón. El país refugio de empresas fabricantes de todo el mundo lució la tecnología ajena y el trabajo propio. Excelente todo. Fantástico. Difícil de superar. Inenarrable. Lo último en tecnología y en diseño.
Exceptuando honrosas excepciones en algunos medios (como a José Reinoso, "detrás de la muralla" en EL PAÍS) el cuento olímpico parecía fruto de una globalización bien conseguida. Muy bien contado y narrado el deporte. Con gritos muy nacionales. Barriendo para casa. Aplaudiendo a los de las medallas, como si el mero hecho de llegar hasta aquí ya no tuviera mérito. Babeando con las múltiples chapas de los dos mejores ("dicen", salvo supuestos dopajes de última hora). Y embelesándose con los méritos de la hornada de triunfadores de la cosecha nacional. Bien. Muy bien. Excelente.
Desmontado todo, el pueblo chino ya puede volver a la normalidad: preguntar sin parar sobre la vida privada de los forasteros, escupiendo como antes, los vehículos pares e impares con acceso libre, Internet restringido en algunos términos, ni hablar de Tíbet, la contaminación a ras de suelo, de nuevo visibles los ruinosos edificios disimulados con grandes pancartas, drástica restricción de aquellos monstruosos precios, y con la autoridad vigilante.
Pero también con las multinacionales muy cerca. Las deportivas, más aún. Basta sólo con leer la prensa económica de estos días. Las empresas que fabricaban aquí para vestir esfuerzos de allá ahora han "lavado" más una imagen algo deteriorada por sus míseros sueldos en estos países. Y los expertos ya tienen diseñadas las estrategias de caza y captura de este suculento mercado. Sobre todo de las zonas industriales, la gran masa rural ya vendrá luego. Por no hablar del colonialismo chino en todo el mundo. África, en sus manos tanto con productos como con carreteras. Tiendas chinas, en las esquinas de aquí donde antes había una inmobiliaria o cualquier negocio fracasado. Bazares, restaurantes, mayoristas de ropa. Tranquilidad. Vuestra imagen ha debido salir reforzada.
Mientras, algunos también han consolidado su economía. Medallistas de mucho renombre, a alguno de los cuales hoy algún diario le calculaba sus emolumentos por minuto. Es de aquí, muy amable, muy sencillo, muy humano, se lo merece, una gran persona, sabe estar, respeta a sus contrincantes,es guapo, la imagen deportiva más cotizada hoy en publicidad, domina la puesta en público, cae muy bien, juega mejor...(si quieres, añade algo más positivo aún de tu cosecha sobre Rafael Nadal).
Contentos y felices, quizá no sepamos más de este país aunque vayamos vestidos de arriba abajo con sus productos, que generan astronómicas ganancias que no van para sus fabricantes. Pero hemos consumido una nueva edición de unos juegos, con o sin espíritu.
Hoy ha sido fiesta aquí, al noreste de la península. 11 de septiembre: Salvador Allende, World Trade Center, Cataluña. Y puente, fiesta, relajación, tranquilidad.
Hoy, alguien que se mueve por el mundo de la comunicación, dijo que el 95% de los habitantes de este territorio estaban celebrando el puente o la fiesta: playa, ocio, montaña, viajes, casa. Y un 5% se han dedicado a llevar a la calle y a los medios informativos sus creencias y reivindicaciones. ¿De quién se habla más hoy? La razón de la sinrazón debe estar al lado de una selecta minoría: se la ve más, ponen cara de creérselo mejor, van serios con flores a monumentos, siguen la tradición, declaran con energía, se visten con banderas, huelen a altos valores.
¿Mañana? Será otro día, la curva de notoriedad quizá les vaya a la baja. Los temas de hoy, hasta el año que viene.
Y, por favor, mañana que funcionen los trenes, no se vaya la luz y el colapso en las entradas y salidas a Barcelona sea menos que monumental.
El presidente de una poderosa multinacional japonesa de la tecnología decía que el público tiene razón, que sabe lo que quiere, que ellos hacen lo que les piden. Piropos y más frases perfectas para regalarle los oídos a ese copnsumidor atrapado por los fabricantes. El público siempre tiene la razón que le permite la garantía del producto (dos años si se cumple la letra pequeña). Decía el ejecutivo que estaban al servicio de quienes eran devorados por sus inventos, convencidos por su machacona publicidad, deslumbrados por sus fotos en papel satinado, inducidos por dependientes vendidos a la mejor comisión del fabricante, eclipsados por el valor de la imitación de quien se creía superior.
Disculpas, señor presidente. Usted eso no lo decía. Me convencía de lo bueno que es que usted piense por mí y me descubra lo que necesito. Y yo, ingrato, se lo pago con esto. Si, al fin y al cabo, soy uno más del público de su mercado
Paseábamos por una calle que desembocaba en otra por la que pasaba una de tantas cabalgatas de eso que se llaman Los Reyes Magos. Mucha expectación, la infancia engañada una vez más era protagonista de este circo anual en el que entre todos mentimos. Y llegaron.
El desfile estaba patrocinado. Por muchos sitios colgaban los logotipos de patrocinadores variopintos: inmobiliarias, empresa de juegos, distribuidoras. La máscara de los Reyes estaba sostenida por secuaces de la especualación del momento, con posibles conexiones con los patrocinadores. Tiraban caramelos como si fueran dádivas con las que endulzaban la saliva del público hipotecado por ellos mismos, o les habían sacado sus dineros con esos juguetes made in china que días antes les compraron, o les facilitaban el líquido elemento de cada día con un histórico mal gusto.
Ellos allá arriba, tan caritativos e ilusionantes. Después, las ilusiones cumplidas y, más tarde, los cubos de la basura lleno de restos. Tranquilos, pronto los volveremos a llenar con las rebajas. Mañana.
Son cuatro lugares entre otros muchos en los que el cruce de públicos diversos en la actual Roma simbolizan historias pasadas en una ciudad plagada de pueblos y culturas, de piedras sueltas, de monumentos que se asientan sobre otros anteriores y de esos lenguajes y símbolos explícitos u ocultos que ayudan a interpretar y entender a esta urbe. Una ciudad muy distinta a aquella original asentada en la zona delimitada por el Capitolio, Quirinal, Viminal, Esquilino, Celio, Aventino y Palatino. Las siete legendarias colinas que acogieron a tantos Rómulos y Remos amamantados por una realidad que debían construir.
La Roma eterna se presenta a cada turista como una ciudad mediterránea que ofrece lo que tiene, llena de personas acostumbradas a convivir con visitantes de todas las partes del mundo. Visitas continuas que confieren muchas mentalidades al centro de la ciudad, volcado al turismo como fuente continua de ingresos y de pensamientos, o de formas de entender la vida, abierto a guiar a paseantes desorientados, sea cual sea su origen o lengua de uso.Roma se te ofrece en los tres estados de la materia y es una ciudad capaz de complacer cualquier objetivo que te propongas, aunque sólo sea mental. Hace tantos siglos que se fundó, ha acumulado tantos estados de ánimo que te puede mostrar siempre ese rincón que tu imaginación se había formado previamente, hacer realidad la más almibarada versión del mejor folleto turístico. Incluso hasta te puede hacer creer que aquellos dos niños y la loba simbolizan a tantos visitantes que alimentan sus ansias viajeras en este lugar.
La tentación de la Roma sólida está formada por esos edificios que aparecen en cualquier esquina. Iglesias conocidas y muy visitadas como, por supuesto, el entorno del Vaticano; Santa Maria Maggiore, con esa leyenda de la nieve en agosto; San Pietro in Vincoli y su Moisés de Miguel Ángel; la de Santa Maria in Trastevere; las diferentes capas de la magnífica iglesia de San Clemente, excelente iglesia descubierta al turismo en las excavaciones del subsuelo; la cripta Balbi. También la solidez romana, cómo no, se ve en tantos restos de aquellos romanos que construyeron, destruyeron, hicieron de nuevo y, ahora, reconstruyen o limpian tantos edificios, en muchas ocasiones aprovechados por pueblos posteriores. Piedras recicladas para muchas construcciones, columnas paganas que acabaron en iglesias o casas particulares, obeliscos traídos de lejanas tierras coronados por santos en vez de por sus titulares, estatuas, anfiteatros, esculturas en posturas diversas, plazas y más plazas en las que a un antiguo mercado se le asoma, altivo, cualquier ostentoso edificio oficial. Tanta y tan sólida arquitectura, aunque haya alguna en tierra, en lista de espera para su restauración o a punto de caer. La admiración para los responsables de conservación de edificios en una ciudad donde, si encima del suelo es visible tal cantidad, en el subsuelo las capas aún no descubiertas deben reservarse para asombros posteriores. Pero la solidez romana es visible también en otras manifestaciones más mundanas que cualquier persona viajera puede necesitar. Tantas piedras colocadas allí permiten también sólidos placeres con otras bases muy gustosas. Por ejemplo, las diversas formas que le dan a la harina hasta convertirla en pastas de diversas formas, bases de pizzas que luego se llenarán de variados ingredientes, y otras comidas que atienden también las necesidades de tantas nacionalidades que son las que confirman la eternidad de esta ciudad. Roma también es líquida. Una tentación muy placentera que se acrecienta en esos veranos mediterráneos en que el calor obliga a buscar alivio en bebidas diversas. La frescura de las esculturas que degluten agua invita a mojarse por dentro. Y Roma cuida los detalles acuáticos con el regalo de mucha agua fresca en multitud de fuentes que esperan en cualquier esquina, sencillos ingenios curvados en forma de nariz con un agujero para que el agua se convierta en una muy funcional forma de beber. O esas compañeras de los viajes ciudadanos, las botellas de agua envasada. Agua y vino. Además de usarse para las ceremonias religiosas, Italia brinda con buenos vinos blancos y tintos, refrescos y aperitivos originales que sirven para homenajear al dios Baco mientras sus efluvios te conceden el bienestar buscado. Agua, vino y café. La merecida fama de este brebaje adquiere en Italia los límites de la perfección. Más concentrado al estilo italiano, espresso, más largo al gusto americano, capuccinos, caffelatte, en forma de granizado, todos confirman el poder estimulante de una fama ganada a cada sorbo. Agua, café y los helados. Cómo no probar tantos gustos y tan bien elaborados. Ese placer que se derrite mientras te pone en contacto con originales y creativos sabores. En cualquier lado los conos y tarrinas te acercan a nuevas sensaciones y agradables combinaciones sugeridas por dicharacheros dependientes, que simbolizan esa forma de saber hacer y saber estar propia de la gente romana. Claro que, hablando de vacaciones estivales y del calor, el asfalto adquiere casi también un estado líquido en algunas horas del día. Pasos de cebra desdibujados o no repintados, el tráfico que parece obedecer a unas normas muy particulares, el movimiento continuo en un flujo rápido de peatones y vehículos. Es una forma de funcionar distinta, mediterránea, cercana a tantos países que conforman la llamada por los antiguos “La bañera de Ulises”. Roma en estado gaseoso, la tentación de introducirse en una atmósfera caliente, en los olores que ofrece una gran ciudad, mezcla de los habituales fluidos corporales en época de calor, de los más selectos perfumes, de la humedad de los subterráneos de algunos edificios, de ambientadores universales en recintos cerrados, del incienso de algunas iglesias y de aromas de las más variadas comidas de locales típicos romanos y de otras nacionalidades. Roma es un híbrido de culturas pasadas y actuales en la que predomina la influencia de la religión, el poder de tantos Papas como si fueran sucesores de imperios pasados. Infinidad de iglesias, imágenes religiosas por doquier junto a otras paganas. El turismo admira y retrata las huellas del poder civil y eclesiástico aunque, bien mirado, la sociedad civil romana parece haberse adaptado a todas las tendencias y, siempre, abierta a acoger a sus visitantes. Y, como gran consuelo aéreo estival, el aire acondicionado.Las tentaciones conviven con las proclamas religiosas, aquella dolce vita debe ser tan real como las sofisticadas marcas de Via de Condotti y otros aledaños de la Plaza de España, o tantos uniformes religiosos que se ven, o toda clase de policías de una capital de Estado (con otro incluido dentro), y personas sin techo que piden por las calles. Los contrastes existen, como en cualquier lado.Los diferentes planos de Roma parecen diferentes estratos de una imaginaria pirámide que se pierde en tiempos remotos. El subsuelo, no hace falta decirlo, debe estar tan escondido que será difícil llegar al primero que dejó aquí sus huellas. Debajo de la actual ciudad deben entreverse capas y más capas de otras formas de entender la vida. Fosos, cementerios, catacumbas que, si se nos dejan mostrar, es por su resistencia a las barbaridades posteriores o por quedar cubiertos por la tierra protectora. De eso saben mucho tantos emperadores, Papas, monjes, mártires e invasores que por aquí pasaron. Difícil tarea la de una ciudad que no es capaz de mostrar todas sus entrañas por exceso de materia prima. El suelo romano concentra aquellos tres estados de la materia y rutas, paseos, propuestas de todo tipo y a gusto de cada bolsillo. Un paseo por el corazón de Roma. Un paseo entre romanos, judíos y cristianos. Un paseo entre Papas y príncipes. Un paseo por los misterios medievales y los tesoros del Renacimiento. Un paseo por el Trastevere y por la isola Tiberina. Un paseo por cafés, por parques, por las calles de moda y de la moda, por la noche romana. ¿Más paseos, más ideas? ¡Adelante!Qué decir de las gentes que cualquier viajero puede contemplar en Roma. Tú te sientes en medio de un público diverso, en continuo movimiento. Se mueve la población nativa en una ciudad rápida, llena de esa prisa que a veces da la sensación de rozar un caos controlado por hábitos parecidos y por ese sexto sentido de la rutina costumbrista. Las motos son uno de los símbolos de esta urbe. Abundan y conviven con automovilistas y peatones. La telefonía móvil sorprende por su enorme penetración. ¿Qué se dirán todo el tiempo? Cualquier momento es bueno para mostrar el último diseño (italiano o no) y para comunicarse con esa cadencia sonora, tan pegadiza y atractiva. El tono de las conversaciones parece desconocer cualquier exceso sonoro señal de enfado. Tampoco para el turismo, ávido de verlo todo en el tiempo asignado, con mapas y otros artilugios digitales. Es uno de los grandes motores de la ciudad. Gentes muy diversas caben aquí, también mucha población flotante que no está aquí sólo por sus encantos sino para sobrevivir. Todos forman una mezcla de vestidos, comidas, olores y aspectos que simbolizan el mestizaje que se impone. Hábitos, uniformes, ropa de marca, culto al cuerpo, amor por el diseño y cuidado del detalle, el encanto de las formas y de la estética conviven con personas sin techo, con etnias diversas y con la forma de ser de cada uno. Son algunos atractivos de un entorno del que uno se marcha con la intención de volver. Y no es un eufemismo al uso ni hace falta ninguna genialidad publicitaria para convencernos. Otros han pasado por aquí desde hace tantos años que algo habrán dejado. Pero no nos llevaremos nada en nuestro camino de vuelta a casa. Porque...volveremos. Tal como proclamaba el eslogan de una valla publicitaria de una calle romana: “Una tentación sin pecado”. No, no era un mensaje religioso ni turístico. Era comercial o, quizá, transmitía esa emoción subliminal que provoca la vuelta a esta ciudad. Ciao, Roma.Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/
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