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el informador informal

Paisajes desde mi realidad

Los túneles, en zonas de montaña, son como puertas de entrada y salida a comarcas encerradas en su esencia, una bocanada de aire fresco que a menudo trae consigo un aumento de la población de sus valles, construcciones y todo lo que comportan las nuevas costumbres de una vida demasiado condicionada por los últimos avances tecnológicos que propician el ocio y las comodidades in límite.
Urbanizar las montañas es otra de las formas del desarrollo, llámese avances, progreso, cambio o turismo estacional. Los 5.026 metros del túnel del Cadí, situado en el Prepirineo entre la comarca barcelonesa del Berguedà y la gerundense y francesa de La Cerdanya, ha propiciado tantos cambios como el túnel de Viella para el Valle de Arán, el túnel de Montblanc o cualquier otro agujero cuyas únicas barreras que conoce son las de los peajes.
Un paisaje lleno de puntos poblados, construcciones diferentes a las tradicionales, con los prados cada vez más descuidados, abandonados a su suerte porque el ladrillo especula mejor que las vacas, aquella naturaleza domesticada por los lugareños y cuidada como si de un querido ser vivo se tratara, todo se ha sometido a las transformaciones de la comodidad, del nivel de vida, de la segunda residencia y de las apariencias necesarias para ofrecer una mejor imagen de nuestra realidad. Los pajares cotizan como restaurantes, las praderas como campos de golf, las fincas como perseguidos objetos del deseo de ávidas inmobiliarias y es ya habitual aquel campesino que ve sepultada su herencia porque sus descendientes prefieren el dinero blanco o negro obtenido de forma fácil a tener que rendirse a los trabajos repetidamente hechos generación tras generación.
El labrador y el ganadero son especies en vías de extinción, más vale que los digitalicemos pronto y sus aperos de trabajo se reconviertan en típicas decoraciones de futuros museos etnográficos, en colgantes de casas de cartón piedra, hechas de ladrillo por dentro y piedra, madera y pizarra por fuera, o en ambientación artificial de restaurantes que aparentan tradición y rusticidad pero que son imitaciones o disfraces de irrealidades.
Lo vertical y lo horizontal resumen los contornos de La Cerdanya, comarca fronteriza e históricamente unida pero realmente dividida por esas líneas imaginarias llamadas fronteras, rayas con mucha sangre derramada por un quítame de acá unos metros o yo soy mejor que tú porque el azar me ha hecho nacer entre una riqueza no escogida pero sí heredada. Las puntas, las cimas, todas esas formas puntiagudas de la realidad contrastan con la horizontalidad del verde primaveral, con el asfalto recorrido incesantemente por las nuevas caravanas de transhumantes de fin de semana, con vehículos de muchos caballos, de alto standing, de auténticos tanques blindados con tracción integral que pasean a sus dueños vistiéndoles con el empaque del poderío económico y otorgándoles un estatus subrogado a la marca que lucen. A menudo sus ocupantes pasean animales domésticos mejor cuidados que millones de personas o sujetan en sus magnéticas bacas sofisticados equipos de esquí que contribuyen al prestigio social de un deporte que, por desgracia para ellos, ya ha perdido el encanto de la exclusividad de la que disfrutaban antes, cuando sólo ellos eran poseedores de la calidad de vida.
La verticalidad de La Cerdanya se incrementa por su altura geográfica y por el poderío visual de unas montañas en las que al parecer la leyenda le asigna la residencia un ser mágico llamado Pirena. Las altas, suaves y redondeadas formas contrastan con las cimas encumbradas al cielo infinito, todas ellas de gran atractivo tanto para esquiadores como para montañeros u otras especies modernas amantes del aire libre controlado y asegurado casi todo riesgo. Estar arriba para bajar después, bien sea gracias a los remontes mecánicos instalados en espacios previamente limpiados de sus residentes vegetales, bien por el esfuerzo de la aproximación a su base para intentar hollar la cumbre, un éxito basado en la preparación, en la suerte y en ganarle la voluntad a esa cumbre que se la vence cuando se ha bajado, no cuando la cima nos regala su éxito temporal. Son dos formas distintas de entender la interiorización de los grandes espacios, con la diferencia de que el gran negocio de la nieve, la creación de nuevas pistas y la correspondiente urbanización de los entornos dicen que aportan más riqueza que esas mochilas cargadas de accesorios y de sudadas personas que a veces prefieren más el techo estrellado de la noche para dormir que las comodidades de los cuatro estrellas.
Las iglesias, puntas de lanza espiritual de aquellos tiempos en que eran el centro religioso del pueblo, aún son construcciones puntiagudas que imitan a las cumbres, igual que los árboles que adornan parajes naturales o también esos artificiales construidos para los de allá por los de aquí, estrechamente definidos sus límites por opacos setos cuidados por la mano barata de allende los mares y vigilados por ojos electrónicos que lo saben casi todo. La verticalidad de los tejados de pizarra se completa con las decorativas chimeneas que simbolizan acogedores hogares con el fuego en tierra relumbrador, en torno al cual un grupo de personas con cara de rurales por horas cuentan sus historias (reales o ficticias) a la luz de unas brasas que serán la base para carnívoras y opíparas cenas. Allá, al fondo, poderosas máquinas retraks vencen la verticalidad en invierno aplanando la nieve, en medio de ese arbolado metálico en forma de pilonas unidas por interminables cables que pasean ávidos perseguidores de emociones fuertes.
La horizontalidad de una de las comarcas con sus recursos naturales más explotados de Cataluña se evidencia con las inacabables filas de construcciones forradas en piedra, con apariencia de ser de aquí pero diferentes a las que hace siglos que perviven, arquitecturas que, si fueran en vertical, afearían más el paisaje y dejarían libre la pradera que ocupan, con derroche de recursos hídricos incluidos. Casas adosadas y residencias, pletas, urbanizaciones, chalets aislados, hoteles, el lujo y la tradición, lo rural y ese sucedáneo de opulento neorruralismo provocado por el lucimiento del éxito económico, el dinero negro y la ostentación. Inversiones millonarias en paisajes inmensos conviven con los restos de pueblos condenados a ser engullidos por el mejor postor, por ese contratista que se presenta con coche de marca estrellada alemana o con el último cuatro por cuatro, vertientes montañosas preparadas para el ocio, el negocio y el disfrute de los sentidos, serpenteantes carreteras adornadas por esa vegetación que ajardina las extasiadas miradas y, siempre, al fondo, la otra parte del valle, la percepción de más de lo mismo pero aumentado y, allá arriba, restos de la nieve primaveral que es el último testimonio del pasado invierno. El derroche de tanta sensualidad pretende combatir la indiferencia penetrando en lo más hondo de los sentidos. Algo que debieron hacer tantas generaciones, descubridoras del encanto del valle, de las aguas termales, de las cumbres , del descanso y de la vida dependiente de la rigurosidad del clima, de las cosechas, del ganado y de estar a merced de los elementos.
La dureza de los crudos inviernos, entendidos como un tiempo de descanso y de letargo entre el ocaso otoñal y la explosión de la vida primaveral, era un tiempo de tinieblas y de limitación de las actividades en el que la nieve era un desdichado elemento que perturbaba la poca movilidad posible. Las pruebas de esa vida aún se pueden ver en la construcción de las casas que aún quedan, en los soleados corredores y en los espacios para secar las cosechas o la ropa, en el aprovechamiento del escaso calor natural, en las cuadras como segura calefacción de las personas del piso superior, en las mil y una triquiñuelas para que la vida no se detenga del todo cuando la nieve tiñe e iguala el paisaje.
La Cerdanya, un amplio valle trabajado por el río Segre como serpenteante conductor de esas aguas que ignoran las fronteras y que fluyen hacia abajo, aunque su cauce a veces se quiera alterar por olímpicos deportes. Sus expectativas y realidades pasa por el líquido elemento en sus diversos estados naturales y por una naturaleza que pide a gritos respeto, conservación y repoblación.
El parque natural del Cadí-Moixeró también asoma por las estribaciones pirenaicas y nos brinda la posibilidad de introducirnos y escalar alguna de sus maravillas o, para más tranquilidad y menos peligros, adentrarse de forma pausada y segura hasta donde el cuerpo aguante. La Canal del Cristal es un joya natural más de la zona, un conjunto seguido de rocas calcáreas mejestuosas que impresionan, testigos de la evolución y consecución o no de tantos objetivos e ilusiones de excursionistas que han pretendido conquistarla con el permiso de las fuerzas propias y de la montaña de enfrente. Desde Martinet de Cerdanya la carretera de acceso es una continua curva, subidas que muestran la amplitud de un horizonte lleno de verdor, de cielo y de vida.
El pueblo de Estana prohíbe el paso a vehículos, brinda el contraste entre su antigua y moderna imagen, casas caídas, solares, casas reconstruidas o levantadas nuevas y observa con gratitud a tantos visitantes llenos de proyectos y de acercarse al gran muro. El turismo de mochila, de cantimplora y de paso ligero humaniza la montaña, mientras el imaginario numerus clausus no se sobrepase y las no escritas normas de trato a los espacios verdes se respeten. El pueblo también brinda las explicaciones de algún viejo habitante, con los achaques de la edad y testigo de muchas historias, unas de este núcleo rural y otras de sus vivencias anteriores. Un hombre mayor, propenso a esas conversaciones convertidas en los típicos monólogos de alguien acostumbrado a ser escuchado cada vez menos, con el cansino recurso de la pasada guerra civil, la cual revive como biblioteca viviente y como parte de una inacabable cinta sonora que quedó mejor grabada con recuerdos pasados que con las cada vez más escasas vivencias y memoria presentes.
El agua de Estana es el último avituallamiento para quienes se dirigen al circular prado desde el que se proyectan estrategias de ataque a la canal de Cristal, o se deja el objetivo para otra ocasión o bien se acude a la famosa disculpa de la fábula de la zorra y las uvas y se cita mentalmente “porque las uvas están verdes”.
Se suba o no, el estímulo visual y el camino justifican la esencia de una bella comarca que paga el tributo de los continuos avances de la civilización y de la mejora de la calidad de vida.
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