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el informador informal

Tenerife y La Gomera, con otros ojos

Garachico, como ya sabías, es un pueblo situado en la costa tinerfeña, que concentra en su historia casi todas las características más tópicas de las islas Canarias. Cuando preparábamos este viaje y tú buscabas información me solías repetir las mismas palabras que se citaban en aquellas páginas que yo te comentaba de Internet, enciclopedias o artículos: vulcanismo constante y reciente, naturaleza explosiva, conquistas, piratas, agricultura y el turismo, siempre el turismo como moderna y controvertida industria económica. Y en Garachico comprobaste cómo fue víctima de recientes erupciones volcánicas, una parte del pueblo se salvó, su castillo aún conserva vestigios de épocas pasadas, estuco dominado por caciques que controlaban la riqueza vinícola y ahora vive sobre todo del turismo: edificios renacentistas y góticos, piscinas naturales en la playa y el atractivo de ese enorme y joven paisaje volcánico que culmina en el majestuoso Teide y en el final de esa carretera que acaba en la Punta de Teno, imponente balcón desde el que se divisa esos acantilados llamados con propiedad Los Gigantes,
Tenías mucha ilusión en experimentar nuevas sensaciones. A tu edad adolescente nunca habías montado en avión y desconocías todas las islas Canarias. Valorabas mucho las sensaciones propias, las descripciones que yo te hacía y después yo disfrutaba con tus nuevas preguntas y con la interpretación final de todo, con ese poso vivencial que te alimentaría tus conocimientos. Tuvimos un primer problema, ¿cuántas islas visitaríamos? Todas, casi imposible en tan corto espacio de tiempo y para nuestro ajustado presupuesto. Pronto me empezaste a “comer el coco” con escoger sólo dos para nuestros diez días. Siguiente cuestión, ¿cuáles? Opinamos ambos y en esa decisión sí que coincidimos. Sin menospreciar las otras, nos decidimos por unanimidad para ir a la zona norte de Tenerife y a La Gomera.

Agencias de viajes

¿Recuerdas cuando fuimos a husmear precios e información en algunas agencias de viaje? Sobre Tenerife, ningún problema: ofertas, precios gancho, números promocionales con bastante letra pequeña. Los dos aeropuertos son dos vías de entrada a dos zonas distintas de la isla. Mientras en la zona de arriba abunda vegetación de tipo subtropical, cubierta casi siempre por el gris de un cielo lleno de nubes, en la parte sur predomina el paisaje semidesértico, con dispersos núcleos de población cercana al mar, abundantes zonas industriales o de logística y los típicos edificios costeros que denotan la clase de turismo al que sirven. Pero lo de La Gomera fue curioso. En algunas nos trataron de ignorantes cuando les dijimos que pretendíamos estar allí cinco días. Decían que con un día ya había bastante, que hay un circuito que te llevan en barco desde el puerto tinerfeño de Los Cristianos, te montan en un autocar, ves el centro de Interpretación de Garajonay, te preparan la comida en un restaurante, algo más de recorrido y…vuelta en el barco a Tenerife. Que si casi no había hoteles, que es una isla muy pequeña, sólo con el atractivo de un parque natural, que lo mismo te lo pueden ofrecer en sus redes de hoteles de Tenerife. Fuimos respetuosos con sus opiniones, cogimos sus tópicos folletos turísticos llenos de presupuestos, de irreales fotos y de aparentes ofertas pero, nosotros, lo tuvimos aún más claro: el norte de Tenerife y La Gomera. Nos ayudaron también esa pareja canaria que pertenece a nuestro club de natación, ella es canaria y ambos conocen muy bien “las islas afortunadas”. Cuando les pedimos su opinión lo tuvieron claro, id a Tenerife y a La Gomera.

Un vuelo con vistas

El aeropuerto de Barcelona te impresionó. Por tus sentidos captabas sensaciones que después confirmabas con tus continuos comentarios, apreciaciones y matizaciones a mis comentarios. Del calor mediterráneo de un día de julio a mediodía, mejor no hablar. Ibas a mi lado y oías multitud de conversaciones, oías un sinfín de ruedas que arrastraban por el suelo muchas maletas, gente apretujada, te avisé que ahora vendría una larga cinta transportadora de personas, que teníamos que seguir andando hasta llegar a la terminal B, un enorme espacio lleno de lo típico que hay en cualquier aeropuerto: carros portaequipajes, oficinas de las compañías aéreas y de viajes, bares, tiendas, para qué seguir si lo primero que hicimos fue conseguir nuestra tarjeta de embarque, después facturar el equipaje y esperar hasta embarcar. Tus preguntas fueron continuas, te interesaba todo y yo recuerda que no paré de satisfacer tu continua curiosidad, Por algo tus profesores te consideran una chica que le interesa todo, que trabajas procesando siempre muchas informaciones que luego transformas en conocimiento. Tranquila, a mí me resulta difícil meterte todo un gran aeropuerto en tu cabeza. Saldremos de este lío con esa palabra que tanto te transmiten a ti y a los demás, “ilusión”.
Llegada la hora del embarque, atravesamos el acceso y penetramos en el avión. Luego observaste la continua amabilidad de toda la tripulación, cariñosas palabras, continua preocupación por el pasaje, atenciones. Recuerdo que una de tus bromas fue compararlos con los politicos en campaña electoral. Tampoco es eso, te respondí. Instalados en nuestros asientos, te fui explicando desde lo del cinturón hasta las instrucciones internacionales por si la cosa falla. Qué te iba a responder yo cuando sonreías al imaginarte cómo llevar a la práctica tanta instrucción si llega el fatídico momento. Te prevenía también del momento del despegue, la sensación de subir, la presión en los oídos, la estabilidad del vuelo, las turbulencias. Luego me empezaste a preguntar qué se veía desde mi ventana. El mundo cada vez más pequeño, las blancas nubes, el inmenso mar, ese infinito en el que estamos instalados provisionalmente imitando a Ícaro.

Ideas de arquitecto

En casi tres horas pudimos hojear la tradicional revista aérea, llena de amorfos contenidos, anuncios y promociones de la tranquilidad y de la buena vida. También reflexionamos sobre una noticia que te leí y que nos sirvió para tenerla presente en estos días y saber hasta qué punto es verdad. En nuestro diario de todos los días, en EL PAÍS del martes 5 de julio, el arquitecto Iñaki Ábalos pidió “pasión por el trabajo y rigor para construir algo inesperado” en el seminario que dirigía en Madrid titulado “Siete ideas de belleza, siete técnicas de diseño”. Tu curiosidad y tus ganas de saber y de experimentar me hicieron recortar la hoja, leértela varias veces y, juntos, comprobar en los próximos días la idea de Ábalos: “propone para la reflexión siete paradigmas en un mundo globalizado que plantea nuevos sitemas estéticos, con una base común en la que participan la fascinación por la geometría compleja, la sensibilidad medioambiental, el valor creciente de lo cotidiano, el espacio físico y social en un mundo en mutación, la materia como agente ´proyectual´ y lo pintoresco como experiencia estética”. Quedamos en trasladar estas ideas a nuestro turismo canario y, en estas estábamos cuando viviste tu primera experiencia de aterrizaje, aplausos de los pasajeros, otra vez la presión en los oídos, desembarque y…ya estamos en el aeropuerto de Tenerife Norte “Los Rodeos”. Atrás quedaba ese salto aéreo por encima de mucho agua y cruzando parte del territorio marroquí. Quién sabe si en algunas de esas costas se estarían fraguando muchas ilusiones de personas que pronto pensaban embarcarse en una patera para encontrar ese hipotético paraíso más allá. Tú, siempre con tus visiones sociales, te respondí. Cuánta gente vendería su alma a quien fuera por salir de ese continente africano, un producto más de tantos años de imperialismo, para probar suerte donde les han dicho que se vive mejor, lugares en que es posible tener lo que enseñan los canales de televisión por satélite o la envidia que provocan los emigrantes que vuelven de Europa por vacaciones.

Tenerife norte

Te empeñaste en escoger la parte norte de la isla. Tus informaciones te ratificaron tus preferencias: espacios verdes, vegetación, contrastes y el mar. El trayecto de ida hacia nuestro apartotel del Puerto de la Cruz nos dio pistas que nos confirmaron por qué a esta isla se la llama “la isla amable”. Personas amables, un buen trato, una vegetación subtropical exuberante y desconocida para nosotros, indicadores de tráfico hacia lugares como Santa Cruz, La Laguna, La Orotava, El Teide y el Puerto de la Cruz. Son espacios sometidos a las mutaciones, que diría Ábalos, y que pudimos comprobar tanto como lo puede hacer la mirada de un turista. Cuando te mencionaba estos nombres y te describía el verdor de esta zona, de pronto mostraste interés por una planta que produce unos frutos que tanto te agradan, el platanero. Hiciste lo mismo con el nombre del Teide, montaña que no se podía ver porque casi siempre en este microclima hay una nube que divide la meteorología en dos zonas.
En los días de estancia aquí, uno de los sitios en que se cumplía una de tus ilusiones era éste. Me he de disculpar porque no paré de hablarte mientras tú querías anteponer lo que captabas a lo que yo te explicaba. Es uno de los defectos que tenemos pensando que hay sentidos más importantes que otros. Visitamos ese parque de animales llamado “Loro Parque”. Reivindicabas silencio para escuchar sus sonidos, notaste el frío artificial de ese increíble espacio acondicionado con la ayuda de ordenadores para que los pingüinos vivan “como si” estuvieran en los polos, apreciaste los saltos de los lobos marinos, de los delfines y el vuelo de los loros. Durante las horas que pasamos no pudiste menos de hablar de una de tus preocupaciones. Discutíamos si este espacio era o no un parque temático y, sin aclararlo al final, te sirvió para ser otra vez escéptica ante este modelo entre turístico y conservacionista. Volví a oírte que cada vez hay más temas concentrados en espacios cerrados, sitios accesibles previo pago de una entrada que te ofrecen reproducciones en cartón piedra de atracciones con adrenalina muy planificada, pseudorriesgos asegurados y con fotografía digital a la salida, emociones para urbanitas con ganas de contarlo y jugar a héroes por momentos; polemizabas también cuando los temas eran los animales, o la etnografía o las profesiones o las rocas o cualquier otra manifestación de la naturaleza o de las costumbres. Incluso decías que, ya puestos, por qué no declarar todo el planeta un parque temático para fomentar más visitas y mejor conservación. Al volver escuchábamos la incautación de más pateras aquí al lado y también te sirvió este tema como una idea más: cualquier inhumano podría considerarlo un atractivo más algún día, igual que las excursiones a observar cetáceos entre Tenerife y La Gomera, en la zona enfrente a Vallehermoso, en Los Órganos.
El turismo actual exige muchos preparativos y no siempre todo es descanso. Recuerda cuando comentábamos la cantidad de cosas a las que el turista debe hacer caso y toda la parafernalia que se transporta encima del cuerpo. Cada vez estamos más invadidos por la tecnología y las preocupaciones se acumulan: que las baterías estén cargadas, las bolsas, la máquina de fotos digital, el video, el MP3, el móvil, la gorra, el agua, la mochila, la cartera con el dinero y documentos, los lavabos, la comida, el agua, los mosquitos, que no te roben, que no te engañen, que no te molesten, las colas, el estado de los alimentos, los precios (saqueo continuo al turista o éste como unidad de consumo), los medios de transporte, el aparcamiento, la temible grúa, la multa, los folletos explicativos. A menudo repites que hacer turismo es cansado, que llega a ser estresante, actividad escogida voluntariamente, por la que pagamos y de la que después presumimos aunque a menudo se salve por salirse de la rutina diaria del resto del año.

El drago y otros paisajes

También visitamos ese árbol mítico e histórico de Icod de los Vinos, el drago, rodeado de un jardín botánico con nombres a las plantas aunque su exploración al parecer era sólo para una reducida minoría. Te fui enseñando plantas que desconocíamos: rosal del guanche, taginaste, jazmín silvestre, tabaiba dulce, tarajas, tajinaste azul, barbusano, bicaro, verode, tolda. Y muchos más que pronto se nos olvidaron. Tanta naturaleza en esta zona temática al alcance de ignorantes turistas. Pero las cámaras enfocaban al drago milenario, en primer plano o como figura decorativa de fondo que demostraba que las caras del primer plano estuvieron allí. El precio de la entrada incluía la salida por en medio de un gran mercado de recuerdos y productos de todo tipo, con degustaciones gratuitas de vinos y licores. Y el drago en camisetas, en playeras, en bolsos, en infinidad de productos fabricados en China.
Mientras seguíamos nuestra ruta hacia Garachico, un mensaje de la radio del coche te sirvió para hacerme callar. Una señora de Valencia le explicaba a Julio César Iglesias, en Radio Nacional de España, que una de sus ilusiones era ir alguna vez de vacaciones. No sabía qué era eso. Toda la vida cuidando de sus cuatro hijos y viviendo con un modesto sueldo, con un hijo toxicómano. Le gustaría llevárselos a todos a algún sitio aunque fueran pocos días. Su emocionada reivindicación y deseo dejó sin habla a Julio César y vi cómo unas lágrimas asomaban en tus ojos. Conmovedor el testimonio que te hizo ser algo culpable por las injusticias de este mundo en el que unos descansan a veces sin cansarse antes y otras personas no se pueden permitir el lujo de desconectar nunca de nada. Siempre formulamos temas sociales, reflexionamos pero seguimos con nuestra calidad de vida adelante.
Sólo faltó que yo te complicara más tus pensamientos con ideas para la duda y la confusión. Juan José Lahuerta ha publicado un libro titulado “Destrucción de Barcelona”. Este desconocido autor para ti y para mí se mete con ese tipo de turismo al que nos apuntamos nosotros, el turismo cultural, y dice que éste no es más que un eufemismo porque el turismo siempre es masivo y depredador por naturaleza. Te leí aquel recorte de EL PAIS con una cita textual suya: “El régimen nos obliga a viajar, el turismo es uno de sus máximos negocios y haber estado en alguna parte una condición necesaria en el esquema de nuestra alienaci´n. Como turistas trabajamos en unas condiciones físicas y morales que ya no aceptaríamos en ninguna parte, y lo hacemos no ya gratis, sino pagando. El turismo no sólo nos conviene en los consumidores por excelencia, sino que hace de nosotros al mismo tiempo el productor y el producto, puros productos de la producción”
Sé que te gustó Garachico, un pueblo que transmite el encanto de la diversidad de casas, un castillo al lado del mar, una historia de mezquinos caciques que acaparaban y monopolizaban el mercado del vino hace cuatro siglos, con curiosas piscinas naturales al lado del mar y colocado debajo de una gran montaña de lava solidificada, con conventos e iglesias. Desde el primer momento te hizo gracia el nombre y nos dirigimos con buenas sensaciones hacia la Punta de Teno. Íbamos a ver la inmensidad de grandes acantilados atravesando extensas plantaciones de plataneros y otros cultivos tropicales. Ante el anuncio de desprendimientos en la carretera, optamos por dejar el coche y proseguir el camino andando. Calor, sudor, deporte y la inmensidad del océano Atlántico. No llegamos al último mirador pero los anteriores nos describieron nuestra pequeñez en medio de grandes rocas y tanta agua. La brisa te daba en la cara, te arremolinaba el pelo y notabas ese profundo olor a salitre y la humedad del entorno. Te aseguro que todo era más grande de cómo te lo imaginabas. Y, a un lado, siguiendo una parte de la costa, grandes invernaderos de plástico, plataneros, depósitos de agua y algunas personas trabajando.
Otra vez te hice caso. Siempre me dices que mejor que cualquier guía es el testimonio de alguien que ha nacido en un sitio, ha vivido allí y seguro que podría enseñar más de lo que nos puede decir, si es propenso a hablar, claro. Un señor mayor atendió a nuestras preguntas y nos dio una resumida lección de la realidad agrícola canaria desde su punto de vista. Mira joven, respondía mirándote, cada vez hay menos extensión del cultivo de plátanos. A pesar de que están subvencionados, la gente o abandona su cultivo para irse a vivir del turismo o se decide por otras plantas más rentables como el mango, las flores para la exportación, papayas. El abandono del campo es continuo, es un trabajo duro, exige muchas inversiones y la competencia de otros países hace que el dinero del turismo sea más seguro con menos esfuerzo. El clima es muy favorable para todo, con lo que todo el año viene gente que huye de sus problemas o de las condiciones climáticas y de vida de sus zonas habituales de residencia. Perdonad por tantas explicaciones y gracias por escucharme. Así, con esta amabilidad, se despidió quien mejor nos pudo condensar qué pasa aquí. Gracias, señor.
El camino de vuelta al Puerto de la Cruz lo hicimos por el recorrido más largo para ver otro espectáculo ofrecido por un nuevo barranco. Cada poco insistías en las curvas de la carretera, sin parar, subidas y bajadas. Miradores de la profundidad: mar, encajonamientos naturales, curiosas y muy fotografiadas formaciones rocosas, la carretera que se dirige a Masca, curvas pronunciadas de bajada hasta el pueblo para apurar la primera velocidad del coche de subida por una serpenteante y estrecha vía, con enormes precipicios y majestuosas vistas. Yo conducía, te explicaba, hablábamos y casi no podía escucharte tus dudas sobre de qué vivirían antes aquí, cómo se formaron los barrancos, a dónde conducirían esos caminos que yo te apuntaba. Yo tenía de sobra con conducir y vigilar cuando nos cruzábamos con un coche de cara. La experiencia de llegar arriba quedó recompensada con el regalo del mirador final: al fondo, el bien definido perfil del Teide; abajo, los barrancos detrás de los cuales estaban esos acantilados que salen en todas las guías, Los Gigantes. La inmensidad, el horizonte sin límites, muchas formas allá arriba y también al fondo, abajo. Vegetación escasa, lagartijas al sol, fotos y caras de satisfacción por doquier. Comentabas el efecto balanceo en el coche con las curvas, la presión en los oídos, el efecto subida y algunos frenazos para dejar sitio al que viene de frente. Calor, el suave viento que se deja notar a medida que subimos. Sudar es bueno y saludable y te resistías a poner en marcha el aire acondicionado. No, si podemos lo evitamos, es artificial, nos estamos adaptando mal a cualquier cambio de temperatura, cada vez aguantamos menos y perdemos defensas ante el medio. Y como hay cobertura del móvil, unos envían una foto de envidia, un mensaje o transmiten sus sensaciones a alguien lejano y cómo ve el mundo a quienes estamos a su lado y no nos queda más remedio que escuchar. Cada vez más tenemos el síndrome del llamado por los periodistas “directo”: veo, fotografío, transmito al instante. Os mando mis observaciones que ya os explicaré mejor a la vuelta, con las fotos o los vídeos digitales.

Turismo en masa

El turismo de masas se ve aquí cuando llega la tarde y los hoteles acogen a cansados consumidores del ocio vacacional. Ducha, ropa limpia, opíparas cenas y, después, la oferta variada a gusto del personal: paseos, espectáculos, bailes, músicas, terrazas, sueño, una variada oferta con peculiaridades propias de cada zona pero todo dentro de unos parámetros muy globalizados. El Puerto de la Cruz ofrece un paseo cercano al mar por el que muchas personas practican aquellos de “las cenas paseadas”. El rumor de las olas que golpean en la Punta de San Telmo es un sonido de fondo muy digestivo mientras el paseo te ofrece tiendas de electrónica abiertas hasta altas horas, kilos de mariscos de allende los mares en los restaurantes, restos de lava ya conquistados por el cemento de las terrazas veraniegas. Luces de neón, chicos y chicas reclamos para diversiones hasta altas horas. Y siempre fotos y más fotos o tomas de vídeo digital. Como aquella que te comenté en la que un padre inició la panorámica en las olas que rompían allá abajo, con gran estruendo nocturno, y seguía hasta la cara de su niña que permanecía en su cochecito, para acabar enfocando a la madre, la cual debía estar harta de ser figurante y estaba concentrada en el escaparate de una boutique llamada “Kualalumpur”. O aquellas dos señoras mayores que miraron a su alrededor exclamando: ¿Dónde están nuestros maridos? Luego dijiste que cada uno gasta su tiempo como quiere, igual que nosotros, o esos niños que pasean jugando con la Gameboy, familias con cara de satisfacción y felicidad mientras apenas se fijan en un mar en el que no hay barcos por el día pero sí cada vez más construcciones que escalan el terreno de una ciudad en desnivel, con muchos cuadros de ambiente marinero que decoran establecimientos turísticos y que recuerdan aquellos tiempos de antaño en que los había y se usaban, una panadería llamada “Rancho Grande” con un cartel sin acabar: “Nuestro pan de cada día…”
Parecen sitios con la típica y repetida artificiosidad de arreglarlo todo por la mañana, maquillar los espacios para que de nuevo los encuentren al gusto del consumidor, o sea, del turismo: camiones de limpieza, barrenderos, riegos, aprovisionamientos varios y reposiciones de viandas y bebidas, toda la zona comercial y céntrica en perfecto estado de revista. Tú lo has observado muy bien y creo que aciertas cuando dices que da igual que sea en lugares del Mediterráneo o en el Atlántico. Los mares son disculpas para asegurarse el reclamo del turismo y los recursos son numerosos: el clima, el descanso, la historia, las modas o hasta eso en lo que cada vez crees menos, la dieta mediterránea. Siempre dudando y criticando todo pero con el rumor del Atlántico de fondo, varias veces se te notó tu incredulidad con tanto escuchar esta forma de comida. Que no, que no todos están de acuerdo con tus opiniones. ¡Faltaría más! Pero, como sabes muy bien, me gusta escucharte porque tus razonamientos los has pensado bien. Eres una adolescente demasiado madura, a veces más que yo, cosa que he vuelto a comprobar en este viaje. Te parece una estrategia promocional tanto hablar de una dieta que dices que ahora no existe salvo en las costumbres de algunas personas mayores. Les interesa recurrir a esta frase hecha que ya casi es un eslogan publicitario para justificar cualquir cosa, sobre todo inventos de mediáticos cocineros que justifican cualquier creación con tal de que puedan cobrar sus abultadas facturas a los selectos clientes. Todo vale `para inventar una imagen de marca que debe luchar contra el imperio de la hamburguesa.

El techo, en Canarias

Estaba claro, en nuestro programa entraba ir al Teide: para percibir este paisaje, admirar la gran altura y contemplar cómo se mueve el turismo por esta emblemática zona. Quisimos llegar a la cima y fuimos en persona a la oficina del parque nacional del Teide en Santa Cruz. Apreciamos el auditorio de Calatrava y la zona de piscinas de César Manrique. Pero te fastidió mucho nuestra mala suerte pero sólo disponían de un permiso que aún les quedaba para el día en que íbamos a ir. Desistimos y nos felicitamos porque el número es el número y no hicieron excepciones, aunque nos dejó sin visita. Ascender por la carretera que cruza La Orotava significa traspasar esa masa nubosa que traza una imaginaria raya climática entre la zona de abajo y la de arriba. A partir de los mil quinientos metros el sol se hace sentir con fuerza. El Centro de Interpretación casi lo abrimos nosotros aquel día. Correctas y educativas explicaciones, audiovisuales y, a la salida, el saludo de innumerables lagartijas que te acompañaban por cualquier ruta que hicieras. Amables y casi domesticados animales, capaces de acercarse al máximo y comer cualquier comida a la que fueran invitados. Cada vez más visitantes pero casi ninguno se atrevió a hacer alguna de las rutas propuestas. Solos con las lagartijas aprendimos de plantas con nombres y nos imaginamos las explicaciones anteriores ante lo que teníamos delante. Te montaste tu película con posibles explosiones volcánicas, viajaste en el tiempo imaginándote el aspecto de la zona no hace tantos años atrás, incluso recuperaste el terrible tsunami de las pasadas Navidades. Era el Teide o la fascinación por una geometría tan compleja ( te copiamos, arquitecto Ábalos)
Dejamos a nuestros pequeños y únicos acompañantes que siguieran reptando y poco a poco ascendimos hasta el paisaje lunar tan fotografiado en catálogos y manuales. Acertabas en tus descripciones, matizadas por mí en cuanto a colores y en las zonas donde los turistas hacían sus fotografías. El teleférico para ascender hasta el límite de los doscientos últimos metro era un objetivo casi imposible de conseguir. La cola de vehículos a pleno sol nos hizo desistir y completar la ruta llegando a esa zona desgastada por todo tipo de pisadas. La aglomeración era tal que un urbanita lanzó la idea de la necesidad de marcar dos carriles, uno de subida y otro de bajada. Los Roques García merecía una visita para cerciorarse de que lo que nos enseñan los folletos y documentales existía y para practicar sociología barata con el público asistente. No sé por qué pero te interesaste por el calzado. En una zona tan rocosa, aplicaste aquello de “dime cómo calzas aquí y te diré qué turista eres” y sobraron ejemplos. Comentarios no tan raros: “Ponte aquí que quedará una foto que te cagas”, “Sube allí para ver si hay cobertura, es que estamos en la selva”. Salirse del circuito tradicional y adentrarse en cualquiera de los otros propuestos por el Centro de Interpretación era un privilegio para pocas personas voluntarias, extranjeras a pie y algunos escaladores tinerfeños por las alturas. Te pareció curiosa la práctica de difíciles ascensiones en esta isla, hasta parecian casi escaladores para diversión de turistas, pues se habían convertido en una atracción más y ellos sin saberlo.
Tanta naturaleza y tanta vegetación nos hizo visitar un sitio que nos enseñara también los nombres aunque al final confundiéramos unos con otros. Fuimos al Jardín Botánico del Puerto de la Cruz. Era otro mundo, el esplendor de árboles originarios de países africanos, americanos, de la península o de las propias islas. Quedé extasiado ante troncos, hojas, figuras, nombres, frutos, silencio, humedad, entorno, arbustos. Imagínatelo, toca, siente, huele, escucha, haz lo que sabes hacer mejor que yo. ¿Por curiosidad, quieres saber nombres?: árbol de Coral, zapote blanco, mango, itxora, datilera de Senegal, palmera col, pistia, palmera abanico China, planta de la buena suerte, pijara, borla roja de Brasil, higuera de Port Jakson, filodendro, azahar de la India, árbol de las salchichas, pándano, aguacate, árbol de las pagodas, palmera cola de pez, tulipero de Gabón, kentia, uva de mar, árbol del viajero, árbol bunya bunya, palmera rey. ¿Te suenan? No te preocupes porque, después de pocas horas, tuvimos que pasar a nuestra segunda parte del viaje, La Gomera.

La Gomera, con Garajonay en medio

La Gomera fue un gran cambio por su pequeñez, por su naturaleza y por conocer tantos contrastes en tan corto perímetro. El océano, esa superficie inmensa que nos fue alejando de una isla mientras nos presentaba la cara más agreste de la otra. El agua salada, el arqueo de las olas, el aire húmedo que te refrescaba la cara en la cubierta mientras el sol te tostaba con ese color repetido en millones de personas, hoy símbolo de salud y de ocio y hace no tantos años señal del rudo trabajo. San Sebastián de Gomera nos recibió a mediodía, con sol, cara de poca vegetación y la sonrisa que te produjo el nombre de esa empresa de limpieza denominada “La esponja del Teide”. Controles de la Guardia Civil, sequedad en el paisaje y núcleos blancos con reminiscencias del norte de África. Adentrarse en un territorio poco poblado siempre te han sugerido incógnitas. Como provienes de grandes núcleos urbanos siempre te preguntas en voz alta cómo se puede vivir en tan poco espacio, con tan poca gente y encima rodeados de agua por todas partes. También aquí hablabas de las limitaciones espaciales, de la vida reducida a lo que hay, de la escasez de tantos recursos que tú debes considerar imprescindibles. Como si la felicidad se fabricara teniendo tanto y viviendo sólo en conurbaciones, industrias, rapidez y acceso a casi todo. Aquí, como en cualquier parte, recuerda que también se pueden cumplir las ilusiones de todos. Acuérdate de la consigna publicitaria. Sí, ya lo sé, me contestabas, y todos jugamos un gran papel, y la ilusión de todos los días, ¿y qué más? Sólo te lo decía para que te dieras cuenta de que cada persona puede encontrar o no su paraíso particular en el entorno más inmediato. “No depende de más cantidad sino de más calidad”, fue frase con la que pusiste punto y aparte a aquel tema de conversación.
Te lo anuncié pero de sobra sabías que, cuando nos adentráramos con nuestro coche alquilado por sus carreteras, La Gomera nos enseñaría otras caras. No parabas de preguntarme cuánto quedaba para el parque nacional de Garajonay. Era una de tus ilusiones del viaje. Luego lo intuiste cuando empezamos a ascender por una carretera que era una curva continua, por el olor a húmedo y por los cambios de temperatura. Sacaste uno de tus punteados textos y me empezaste a preguntar por los bosques de fayal-brezal, por los de laurisilva, por esas nubes que hacen que este espacio esté verde y que provocan tanta curiosidad, la “lluvia horizontal”. Querías sentir todo el parque, tocar sus plantas, notar los cambios de temperatura, andar por sus caminos y que yo callara para dejarte hacer tú sola una composición mental de dónde estábamos. Quedé maravillado por tu forma de entender lo que yo veía. Después te pedí que me tradujeras a palabras tus sensaciones.
Nuestro destino era un apartamento en Valle Gran Rey. Impresionante la exuberancia de este barranco lleno de vida que nos recordaba con nostalgia viejos tiempos en que se cultivaban todos sus bancales, con un mirador-restaurante hecho por César Manrique (qué gran sensibilidad medioambiental la de este genio, señor Ábalos), un sitio con un modelo turístico diferente a Tenerife, con restos de hippies que aún conservan aquí uno de sus paraísos, postales marinas del océano en frente al oscurecer mientras por detrás las luces trazan las siluetas de las palmeras y de los recortes montañosos de la antigua lava al fondo. Un barranco lleno de la vida heredada de otros tiempos en que las plantas y árboles alimentaban a sus habitantes, restos vivientes que aún subsisten al abandono de cultivos por la emigración a lejanas o cercanas tierras y por ese otro cambio al nuevo monocultivo, el turismo. Palmeras centenarias, bancales, muchos bancales hasta en zonas no aptas para quienes tienen vértigo, sitios abandonados pero, afortunadamente, también hay vergeles y amplias zonas verdes. Las viñas están presentes, zonas con hortalizas y las chumberas que se apoderan poco a poco de más espacio. La carretera bajaba hasta la primera línea de mar y la amplitud del barranco extendido en una playa de piedras y arena negras, como corresponde a las islas. La zona marítima ya sabes a quién sirve y que no dejen de venir o de estar aquí nuestros foráneos europeos, algunos de los cuales se han instalado en primera residencia y la cosa no parece tener fin. Las grúas de la construcción son las atalayas que lo ratifican. Respecto al apartamento, al lado del mar, en medio una piscina y, al fondo, el impresionante corte vertical de una expectante montaña que en sus tiempos debió ser una muy alta lengua de lava. Mucho te debió impresionar el entorno. Tanto que, días después, en la piscina te imaginaste una situación espectacular con desgraciados recuerdos. Pensabas qué pasaría si se produjera un tsunami en nuestro cercano océano y, al mismo tiempo, descendiera lava por la parte de la montaña. Pues yo te imagino a ti “muy tranquila” en el agua de la piscina transmitiendo el evento, con tu habitual retahíla de reflexiones, te respondí.
La playa en su extensión no ha padecido aún esas agresiones constructoras y se pueden alternar campos de plataneros con hoteles, apartamentos y casas de poca altura, con bastante respeto al paisaje. Al final, el pueblo de Vueltas delimitaba la zona, aunque después del puerto se veía un camino que serpenteaba por varios acantilados y servía como acceso a una zona poblada por hippies desde hace tiempo. Sus habitantes, en bicicleta y todo terrenos venían aquí a contactar con la otra civilización. Vueltas nos recibió con una rotonda en la que exponían un barco de nombre “Telémaco”, anuncio de un puerto pesquero en declive, bares decorados con fotos antiguas de motivos marítimos. Sus nombres, los habituales de cualquier sitio con mar, por ejemplo uno: “El rincón del marinero”, al lado de un centro de la Tercera Edad y con una ambulancia aparcada debajo. Un lugar con pintadas que aludían a la lucha contra antiguos proyectos de plataformas marítimas, al parecer desechados. En medio de bares, supermercados y alquileres de apartamentos o de coches, una planta cooperativa que envasaba los plátanos de la zona.
En el plan que trazaste, todo giraba en torno a Garajonay, un parque nacional creado en 1980 y declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986. Repartir esta extensión de naturaleza en tan pocos días exigía planificación. La información que nos facilitaron fue muy extensa. Los mapas de excursiones que repartían en los dos centros de interpretación nos vinieron muy bien para completar las informaciones que meses antes nos había enviado el Cabildo de La Gomera y otra que habíamos consultado por Internet. Cuando íbamos por una carretera y te indicaba una señal con el nombre de una excursión a algún lugar, tú ya tenías una idea de lo que había allí. Por eso, cuando te empeñaste en subir a lo más elevado de la isla, el Alto de Garajonay, de 1487 metros, ya sabías que arriba los antiguos gomeros rendían culto a su dios Orahan. En 1498 este lugar fue refugio de aborígenes indígenas antes de ser derrotados por los castellanos. Subimos arriba por una preciosa senda que nos enseñaba las vistas del majestuoso Teide detrás nuestro y la típica cortina de esas nubes producidas por los vientos alisios que son las responsables de este verdor y de la conservación de estos bosques de la era terciaria.
Luego te diste cuenta de que empecé a hablar con alguien. Era una chica que se encargaba de vigilar la zona desde lo más alto. Estaba contenta porque acababa un turno de trabajo iniciado a las cinco de la madrugada y tenía ganas de hablar. Se había trasladado a vivir aquí desde otra isla canaria, llevaba dos años aquí y decía no conocer aún todos los rincones de este pequeño territorio. Te decía que había ganado calidad de vida, que tuvo que aclimatarse cuando llegó para bajar su anterior ritmo de actividad. Te gustó aquella frase que te dijo que en La Gomera la gente vive con el reloj retrasado cuatro horas respecto a la península, sinónimo de tranquilidad absoluta en todo. Se reía cuando le preguntabas por qué imagen se llevaban de la isla los turistas que llegan en autocares por la mañana, visitan algún centro de interpretación, comen, observan, vuelven al autocar para regresar en barco a su punto de origen. De ahí viene aquello que te dijeron en la agencia de viajes cuando le planteaste que pensabas estar cinco días en esta isla.
Visitar La Gomera fue observar costumbres, asomarse a miradores con señales de las partes más altas de otras islas cuando la niebla nos los enseñaba, recorrer Vallehermoso y su primera edición de la feria de productos ecológicos, contornear carreteras llenas de curvas que nos demostraban que el océano era el mismo pero no así la tierra que te lo mostraba, llegar a Agulo, un pueblo dividido en dos barrios del que las guías dicen que se organizan actos festivos con cánticos críticos de unos contra otros, un tópico más de esa literatura de las guías turísticas que no se actualizan desde hace años. Nos lo confirmó el dueño de aquel humilde bar restaurante en que comimos platos tradicionales hechos al amor de una tradición del día a día. Le preguntaste si eso de las peleas era verdad, y lo fue hace años, cuando aún se conservaban actos ya abandonados por jóvenes que han cambiado aquello por otros rituales en los que el alcohol, las fiestas y el consumo de variadas sustancias marcan tendencias criticadas por personas con otra formación. Querías saber si la agricultura aún daba fe de tantos plataneros y cultivos como observábamos. No, aún podéis ver muchos arbustos con este fruto pero ya no se aprovecha que esta tierra antes nos regalaba tres cosechas al año. Pero, desde hace unos años, muchos jóvenes abandonaron la agricultura y la que veis ahora en su mayoría aún la trabajamos los que aún no nos hemos jubilado. El destino, si no cambia, conduce al progresivo abandono de este vergel y también las cabras, animales que obtienen su alimento de tanta hierba y plantas como hay y origen de muchas variedades de quesos gomeros.
En un momento de la comida oíste hablar en inglés a una pareja de personas mayores que estaba a nuestro lado. Cuando se les acercaba a atenderles nuestro anfitrión manifestaban cierto conocimiento mutuo fruto no de una comida. Te llamaron la atención y yo ya esperaba el correspondiente interrogatorio al señor en el momento que abandonaran el local. Y así fue. Te informo que eran de Estados Unidos, con edades de más de ochenta años, él arquitecto y ella funcionaria de una embajada. Hace años compraron un casa rural con árboles y pasaban largas temporadas en su propiedad, los meses en que no cogían un avión en La Gomera hasta Gran Canaria y, desde aquí, a cualquier otro destino. Reconozco que a mí también me atrajeron, saber qué hacían aquí y cuál era su historia, así como la de muchas otras personas casi anónimas que han buscado su personal paraíso en cualquiera de estos rincones, y mira que habrán conocido sitios, lujos y comodidades a lo largo y ancho de tantos países visitados o vividos. Te lo volví a repetir, cada persona tiene su parcela de mundo desde la que luchar por sus momentos de felicidad. La estética de los espacios es tan variada como los gustos de cada residente. En La Gomera hay excelentes condiciones de vida, un modelo que a nosotros nos puede agradar tanto como a otros que disfrutan de cualquier rincón en cualquier playa a la que tú no irías nunca.
Completamos la jornada con una visita al Centro de Interpretación del parque. Más plantas, especies endémicas, explicaciones de los procesos de la vida en esta isla e invitación a que no seamos los humanos los que cortemos ritmos de hace millones de años. Tienen derecho a seguir viviendo el acebiño, laurel, arrayán, tajinaste, sanguino, verode, llantén, tajora, corregüela, malfurada. Y tantas especies animales aunque no haya más mamíferos que el conejo y la rata porque fueron introducidos por las personas.
El parque de Garajonay nos permitió penetrar en sus entrañas con la excursión a El Cedro. Nos regaló una jornada sin niebla, soleada, por en medio de un camino que podría acumular una larga lista de adjetivos en grado superlativo. Los bosques de fayal-brezal y de laurisilva nos acompañaron como gigantes protectores. Arroyos, áreas de descanso, ermitas, silencio, sombra, sol, naturaleza protegida para exponerla a quien quisiera paladearla. Lo hicimos emocionados, bajamos hasta la cascada final cercana a Hermigua por una senda profunda para desandar después todo el camino de vuelta. Podríamos recordar muchos momentos y tantos estados de conciencia mientras pensábamos en tantos incendios que borraban espacios parecidos, en lo mucho que podemos sentir y aprender de procesos naturales que deben heredar las futuras generaciones.
Nos dio pena pero todos nuestros objetivos se fueron cumpliendo y el tiempo pasó más deprisa de lo que pensábamos. Principio y fin, o sea, volver a nuestro punto de origen y entretenernos en escribir estas líneas sólo para transmitir algo más que fotos, buenas impresiones y los habituales relatos orales de septiembre que alimentarán inacabables tertulias, de las que posiblemente nazcan otros viajes. Pero esos formarán parte de otros proyectos, de otras historias.
Al final de estas líneas sólo me queda repetirte lo mismo que te dije al llegar a Barcelona. Recuerda que te felicité porque me enseñaste a ver de otra manera, tú, que nunca has podido ver con tus ojos.
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1 comentario

andres -

meparese algo muy malo porque no encuentro lo que nesecito
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