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el informador informal

El otoño en pueblos de la montaña

Mucho color, mucho atractivo visual, muchas sendas para pisar y muchas casas cerradas que abrir. Los pueblos  de montaña se despueblan de personas fijas y cada vez acogen a más eventuales que construyen sus mansiones a imitación de dudosas estéticas. Les añaden vida eventual, otras costumbres y esa forma de ver el paisaje que se forma en las ciudades y se pretende trasladar a otro medio que, en su mayoría, desconocen.

El otoño es atractivo, siempre lo ha sido. Los colores de las hayas, robles, arces, avellanos, chopos, castaños y otras plantas herbáceas forman una cascada impresionista en que el sol extrae los matices de tantas hojas que deslumbran y cuya vida ya es demasiado efímera. Oír cómo el aire hace volar y descender las hojas, el leve crujido de esa alfombra vegetal que da pena pisarla, la inminencia de esas ramas que se despojarán de su cubierta para quedar expectantes al transcurso de los días en espera de lejanas primaveras.

Los frutos del bosque se ofrecen ahí, sólo falta el atrevimiento a cogerlos: setas, trufas y tantas frutas que caerán y se integrarán en la alimentación de la tierra. Es la época del regalo del color y de los productos naturales. Hasta los árboles de tantas casas que sólo se abren unos cuantos días al año dejan caer también sus frutas. Parece que los amos prefieren comprarlas envasadas y llenas de productos químicos que no venir a recoger un regalo no aceptado.

Los pocos habitantes fijos de estos pueblos son la última biblioteca viviente de épocas pasadas y casi olvidadas cuando se cierre la última página de su vida. La jubilación es el nexo de unión con la auténtica vida rural que poco a poco desaparece hasta del recuerdo. El fin de semana, el esquí, los deportes de aventura, la contemplación y la especulación parecen ser la proyección en el futuro.

Pero un día el paisaje no tendrá quien lo cuide, los todoterrenos  deambularán por caminos intransitables, los prados se llenarán de esa vegetación que todo lo cubrirá hasta el próximo incendio. Quizá nos quedemos sin jardineros y sin jardines. Pero nos adaptaremos a ver lo de antes reconvertido en un sucedáneo innovador. Y nos encantaremos con lo que tenemos.

Será otro otoño, otro tiempo, otro paso más de la evolución sin marcha atrás. Unos cambios también con experiencias positivas llenas de nuevas ideas y nuevas adaptaciones del campo a los tiempos más modernos.

Mientras, los paisajes de postal están ahí pero son muy efímeros. Su disfrute es gratis. Es cuestión de abrir los sentidos y dejarse llevar.

 
 

 

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