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el informador informal

Casualidades incendiarias contra la inmigración (pobre)

Calor. Mucho calor durante este seco verano. Aún vemos a la gente con múltiples protecciones contra los rayos solares. El caso es que te hacía gracia cuando hubo días nublados, o se desató alguna tormenta estival y la gente por la calle se manifestaba con pesar “por el mal tiempo”. Incongruencias producto de las obviedades y del pensamiento simple. Mira, la gente ponemos el automático y ante la meteorología decimos tantas simplezas como en el ascensor. El mal tiempo de lluvia es un tiempo excelente. Parece que nuestra cultura mediterránea (creo que, si alguna vez existió, hoy ya es más americana que no del mare nostrum) es soleada, calurosa y con sudor todo el día y noche. Para esa gente la lluvia debe ser una maldición.
Pero, bueno, calor no nos ha faltado e incendios, aún menos.
La península ha sido una tea alarmante. No te razonaré tal evidencia. El fuego siempre alarma y aún más cuando tantos bosques quemados y tantas personas fallecidas han sido la prueba que nos confirma la ya macabra tradición de cada verano. Un día comentaste aquí que no creías en que fueran muy eficaces las campañas antiincendios. Hay que hacerlas, te respondí. Insististe. Si la mayoría de los incendios son provocados por descuidados ciudadanos (a estos, llamémosles así) o por manos intencionadas que los prenden por varios sitios a la vez, se debe incidir en ellos. Vamos a los pueblos y les explicamos esto a los vecinos. Crees que desde las ciudades no se entiende a los pueblos ni se descubren tantas razones como deben tener quienes cometen este delito. Injustificable su actitud pero habrá que descubrirla para combatirla. Te dije que el campo está abandonado, el medio rural casi parece ya una reserva natural para urbanitas de fin de semana que no saben lo que es una gallina ni un roble, que se mantiene por pensionistas y por subvenciones europeas, que hay luchas y venganzas entre vecinos, soledad, afición a prender para fastidiar o como síntoma de locuras varias, deudas, intereses económicos, especulación y a veces la más ininteligible sinrazón.
Los incendios peninsulares se han ido apagando pero, como nos gusta seguir la actualidad, se vuelven a repetir otros fuegos y no aquí. Fíjate, en Francia, Alemania, Austria, de vez en cuando se dan unas curiosas casualidades y comienza a arder una vieja casa o piso del centro de la ciudad con la sorpresa de que siempre lo habitan inmigrantes. Países acostumbrados a gentes de otras razas y culturas se ven sorprendidos por mortandades evitables.
Comisiones de investigación (como siempre) y nunca más se supo de sus resultados. Burocracia para encubrir y olvidar el tema. Inmigrantes pobres, hacinados en esas viviendas inhabitables que se las alquilan porque nadie las quiere antes de que llegue la mejor valoración del solar a cargo del más hábil especulador. Racismo, nacionalismo, desprecio. Ha pasado en esos países pero puede pasar aquí cualquier día. Tú me lo has comentado muchas veces. La zona del centro de muchas ciudades y pueblos con edificios más viejos y descuidados es el hogar de la inmigración. Personas amontonadas en una habitación para ahorrar. Éste no debió ser su paraíso soñado. He ahí la vergüenza de propietarios que hacen su negocio y autoridades que sólo aparentan conocer el problema cuando ocurre una desgracias. Te doy la razón de nuevo, a menudo sólo actuamos después del suceso porque no nos atrevemos o no sabemos demostrar nuestra inteligencia con la prevención.
Como ves, tanto en el bosque como en las personas, las casualidades más bien son causalidades. Los árboles no denuncian y los inmigrantes...son pobres y podían haberse quedado en su país. Qué vergüenza, si es que aún existe.
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