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el informador informal

La cultura de la muerte, pendiente de asignatura

Sé que es difícil hablarle de este tema a quien es joven y no ve el final de su futuro. A mí también me pasaba. Recordaba cuando mi familia, a tu edad, me repetía lo mismo que ahora debe tocarme decirte a ti, más que nada para no perder estas costumbres tan ancestrales.
Es verdad. Creo que antes la cultura de la muerte estaba más asumida en la vida diaria. Se nace y se muere. Me admiras porque has sacado tú este tema en las conversaciones más que yo. Soy del montón, de los que les cuesta recordar que existe un final. Y no será por tantas señales diarias. De momento le pasa a los demás. Mientras comemos observamos carnicerías en la televisión, bueno, no: ahora algún código ético autorregulador de los medios nos permite comer en paz, ignorar la crudeza, la sangre, todo lo que nos pudiera alterar las digestiones de nuestros estómagos llenos. Ahora, síntomas de que esto pasa los hay. Escuchas las barbaridades contra las mujeres, el terror de los accidentes de tráfico, las consecuencias de enfermedades, de violencias, del hambre y de tantas miserias como no se nos muestran en ninguna pantalla plana.
La cultura de la muerte nos suele venir al pensamiento a la puerta de los hospitales, de los tanatorios y de los cementerios. Filosofamos, ensalzamos a quien ha muerto, comentamos sus grandezas y no nos queda más remedio que seguir viviendo, continuar hasta la próxima vez. Sin embargo, nos cuesta asumir nuestra desaparición. Tú lo dices. Estamos tan seguros con nuestros avances, con tantos recambios para casi todas las disfunciones corporales, con tantas medicinas y nuevas técnicas que parecemos unos inmortales de pacotilla. Tampoco vemos personas muertas. Se ha cambiado la cultura funeraria, mejoramos, hay centros especializados para todo, servicios al ciudadano hasta que es enterrado. Qué más queremos.
No, tranquila, no hay ningún proyecto para crear una nueva asignatura que nos recuerde una realidad que tú, tan joven y tan inteligente, te encargas de recordarme. Si no fuera eso, quizá yo sólo pensaría en días como hoy, cuando hemos despedido a una estimada persona compañera de profesión. Soy del montón.
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